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Ai Weiwei es un escultor social. La esencia de su arte es la sociedad, y la cultura, cuyos intersticios, fenómenos y fugas, esculpe con acciones y técnicas de todo tipo. Algunos pueden considerar a Weiwei un activista y, por supuesto, las autoridades chinas le consideran un disidente, pero él dice que sólo es un artista, ni más ni menos: «No eres cualquiera, eres un artista», le dijo una vez a Hans Ulrich Obrist. Y, por supuesto, se remite a Marcel Duchamp porque se dio cuenta de que, «después de Duchamp, ser un artista es más un estilo de vida y una actitud que la producción de un objeto».

Su obra Fairytale consistió en llevar 1001 chinos corrientes –la mayoría no habían viajado nunca al extranjero y, mucho menos, a Occidente– a vivir la experiencia de la Documenta 12, en Kassel, Alemania; la ciudad de los Hermanos Grimm, por cierto. Para alojar a los participantes, todos equipados con maletas, accesorios y utensilios para la vida cotidiana, creó un entorno temporal que incluía dormitorios y cantina. Lo único que se les pedía era que estuviesen allí. Por supuesto que organizar semejante performance fue complicado ante las autoridades de ambos países, e incluso en el propio mundo del arte suscitó la duda sobre lo que puede ser llamado arte, asunto que le trae de cabeza al mundo del arte desde Duchamp, por cierto. Pero, para el artista, lo importante eran los individuos, «porque mil personas parecen una masa, pero el impacto de un evento como la visita a Kassel sólo puede ser experimentado a nivel individual». A él le parece que una escultura social sólo puede considerarse como tal si resulta ser un instrumento para el cambio: la experiencia personal como germen del progreso.

El citado cuento de hadas fue esculpido en el año 2007. Poco se podía imaginar Weiwei que nueve años después se encontraría involucrado en hacer visible y documentar la manzana envenenada que se ha venido a llamar ‘crisis de los refugiados’, los cuales llegan desesperados a Europa, huyendo de hambrunas y guerras. Acompañado de compasión y un teléfono, Weiwei ha estado trabajando como voluntario durante meses en las zonas de recepción y asentamiento de refugiados en Grecia, comunicando sus experiencias diarias en las redes sociales y entregando su actitud a la causa de semejante tragedia social.

«Sólo soy un artista que no se conforma con observar y toma partido y ya está».

El activismo de Weiwei no es una pose. Marcel Duchamp es uno de sus faros porque lo que más le interesaba al francés, por encima de todo, era la libertad, tanto personal, como intelectual y artística. Y la vida de Weiwei ha estado marcada por su falta. De hecho, su toma de conciencia existencial y política surge del confinamiento y la censura.

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Hijo de un artista y poeta chino, castigado por el régimen comunista, pasó los 16 años de su infancia en la remota provincia de Xinjiang, cerca del desierto del Gobi: su padre, Ai Qing, había sido condenado, por culpa de sus escritos subversivos, a limpiar los retretes públicos de la perdida aldea. Al parecer, los dejaba impecablemente limpios; así lo recuerda Ai Weiwei, nacido en 1957. Como los libros eran peligrosos y sólo traían problemas, tuvieron que ser reducidos a cenizas [el papel arde a 233º] El único libro que tuvo Weiwei en su infancia fue un grueso volumen de la Enciclopedia francesa.

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La censura cultural con la que creció su generación es realmente difícil de concebir. Todo lo que leían, todo, era sobre Mao: los periódicos, los libros escolares, la poesía, los escasos otros libros… Todo. El conocimiento, la información y los libros habían sido drásticamente abortados. Aun así, a finales de los 70, cuando Weiwei pudo volver a Pekín y, hasta los primeros 80, se desarrolló un interesante y dinámico movimiento de vanguardia en China. El joven se asoció con otros artistas pro-democracia para formar un colectivo informal llamado Xingxing. El movimiento tenía profundas raíces políticas, con verdadera conciencia y espíritu de lucha a favor del humanismo y del individualismo, del espacio personal, físico y mental, de los sentimientos privados e ideas propias. Eran conscientes de que la falta de libertad en general, y de libertad de expresión, en particular, eran la causa de la tragedia china. Vivieron su propia primavera intelectual: leían todo libro que caía en sus manos y, como no había fotocopiadoras, hacían copias manuscritas para los amigos. Había muy poco, pero el esfuerzo que suponía el acceso y la pasión por el arte y el pensamiento político, suplía las carencias.

Su primera escuela de arte fueron otros artistas, muchos de ellos considerados socialmente peligrosos y, por tanto, enemigos del Estado. Pudieron conseguir, a través de un traductor, sus primeros libros sobre Van Gogh, Degas y Manet, y también sobre Jasper Johns. Los citados postimpresionistas les encantaron, pero tiraron, literalmente, a la basura, el libro de Johns: no lo podían comprender porque su conocimiento terminaba en el Cubismo, Picasso y Matisse, los últimos héroes de la historia moderna.

Llamaron Muro Democrático a la pared en la que pegaban sus pensamientos y escritos, lugar donde también se reunían. Eran un pequeño círculo de gente, menos de cien personas. Por la noche, escribían 20 ó 30 revistas, las imprimían y las colgaban en el Muro. Dibujaban las portadas a mano; el propio Weiwei dibujó muchas de ellas e ilustró libros de poetas… Hasta que, en 1980, Den Xiaoping reprimió el movimiento y denunció el Muro. Como los activistas de su grupo estaban siendo encarcelados, acusados de espiar para Occidente –el líder del Movimiento Democrático pasó 13 años en la cárcel– Weiwei decidió escaparse a Nueva York. Sabía que era la capital del arte contemporáneo: «me voy a casa», proclamó. Quería estar en lo más alto, convertirse en el nuevo Picasso. Tenía una confianza en sí mismo tan naïf, que se fue a Nueva York con una cantidad bohemia en el bolsillo: 30 dólares.

Objetos cotidianos

Lo primero que hizo fue estudiar inglés y, cuando dominó el idioma lo suficiente, se apuntó a la Parsons School of Design. Allí fue alumno de Sean Scully, a quien, por cierto, le gustaba Jasper Johns, el cual acababa de presentar una nueva serie de trabajos en la galería de Leo Castelli. El primer libro que leyó Weiwei en Nueva York fue La filosofía de Andy Warhol: de la A a la Z, etc. Le encantó por su lenguaje sencillo y encantador. «A partir de entonces me empapé de todo. Me hice fan de Johns. Me introduje en el pensamiento de Duchamp, lo que me llevó a conocer Dada y el surrealismo. Estaba fascinado con todo lo que estaba pasando en Nueva York, en aquella época. Practiqué el neo expresionismo de principios de los 80 pero, a la larga, no me influyó tanto, realmente. Mi mente está más interesada en las ideas, así que lo que más me gustó fue el arte conceptual y Fluxus. Había mucho movimiento en las galerías y en el East Village; realmente te tenías que preguntar qué tipo de artista querías ser. Y entonces llegaron Jeff Koons y otros con un enfoque mucho más fresco. Todavía me acuerdo de la primera expo de Koons con todas esas pelotas de baloncesto en las peceras. Todo ocurría al lado de mi barrio, y el precio de las obras era tan bajo, algo así como 3000 dólares… ¡Era fascinante!».

Duchamp, Warhol, Jasper Johns, Koons… «Quería hacer objetos cotidianos –por la influencia de Dada y Duchamp», dice. La reconexión del arte y la vida era una de las utopías vanguardistas. Frente a las mentes esencialistas y convencidas de los críticos modernos, Hal Foster sitúa la neovanguardia en un registro de recodificación mediante lo que denomina acción diferida: el futuro anticipado en la vanguardia se reconstruye en la neovanguardia de manera paradójica, puesto que hace que la vanguardia retorne del futuro. La obra vanguardista nunca es históricamente eficaz en sus momentos iniciales, porque es traumática: un agujero en el orden simbólico de su tiempo que no está preparado para ello, que no puede recibirla sin un cambio estructural.

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Weiwei hizo su primera escultura, «si es que se le puede llamar así», en 1983. En 1985, utilizando una percha metálica, dibujó el perfil de Duchamp: Hanging Man. Ya había hecho, por ejemplo, violines (Violin, 1985). El violín le pareció interesante por su surrealismo. «Es muy divertido; es un comentario sobre un tiempo pasado bajo condiciones actuales». También pegó condones en una gabardina militar (Safe sex, 1986); «por aquel entonces, todo el mundo estaba asustado con el SIDA», recuerda.

Artista exponencial

Ai Weiwei ha recodificado el readymade, lo ha traducido a un nuevo lenguaje artístico. Su trabajo es una mezcla audaz de lo nuevo y lo antiguo, Oriente y Occidente, lo serio y lo irreverente. Muchas de sus obras tienen como tema la memoria, como Coca Cola Vase (1997) o Table with Two Legs on the Wall (1997). Todo consiste en renombrar y traducir, en provocar una traslación. Las vasijas neolíticas de 4000 años de antigüedad han sido pintadas con pintura industrial japonesa para convertirse en algo diferente, con su concepto original escondido bajo las capas de pintura, pero la gente todavía las puede reconocer y darles valor, porque se han trasladado desde el museo tradicional de antigüedades a un entorno de arte contemporáneo. Weiwei se toma el arte muy en serio pero no tanto su producción, a la que suele considerar un acto irónico porque «no es el trabajo en sí mismo; sólo es un fragmento que muestra que allí hubo una tormenta, y las piezas son la evidencia…».

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Su trabajo ha sido exhibido en relevantes exposiciones a lo largo del mundo como la citada Documenta 12 (2007), la Trienal Asia-Pacífico (2007) y la XV Bienal de Sydney (2006). En 2007 tuvo una gran exposición retrospectiva en Nueva York, en la galería de Mary Boone, una de esas galerías que él solía visitar cuando no era nadie —aunque nunca haya sido cualquiera. A propósito de la exposición, realizó el gran candelabro Descending Light, como una continuación de la Fountain of Light (2007) de Liverpool, la cual, al estar inspirada en el Monumento a la Tercera Internacional, de Tatlin, conectaba con la vanguardia rusa, y reconectaba el comienzo de la era industrial en Inglaterra con la era de la globalización.

La práctica artística se ha hecho exponencial en el siglo XXI. Ai es un artista, no es cualquiera, pero también es diseñador, y un celebrado arquitecto, comisario, editor, bloggero y mentor de toda una generación de artistas en Pekín. La dimensión pública de su persona es inseparable de su arte, lo cual ha llamado la obsesiva y peligrosa atención del Estado chino. En agosto de 2009, recibió una brutal paliza en Sichuán, por su implicación en los esfuerzos de documentación de las irregularidades que se produjeron a raíz del terremoto que sacudió la zona. El artista ha documentado su desdén por la autoridad en su obra Estudio de Perspectiva (1993-2005), en la que muestra gráficamente el dedo en la plaza de Tiananmen de Pekín, el Reichstag de Berlín y delante de la Casa Blanca, en Washington.

weiwei1001Tras la paliza, tuvo que ser operado de urgencia en Múnich de un derrame cerebral, pero su acoso por parte del gobierno chino no iba a acabar ahí. En 2011, fue detenido en el control de pasaportes del aeropuerto de Pekín cuando iba a coger un vuelo hacia Hong Kong, y las autoridades le mantuvieron en paradero desconocido durante meses. Obviamente, otros muchos ciudadanos chinos están o han estado en la misma situación; las detenciones políticas en China se habían intensificado en los meses previos. La respuesta internacional a la detención de Ai fue escultural social, por decirlo de alguna manera. Miles de personas alrededor del mundo protestaron públicamente mediante vigilias en espacios de arte, fotos en red, pequeños gestos y escritos, exigiendo su liberación. Desde Nueva York se organizó una performance colaborativa titulada 1001 Chairs for Ai Weiwei, invitando a la gente a presentarse con una silla en la puerta de la embajada china de cada país, para hacer una sentada solidaria por el artista. La respuesta fue global y aquellos que no pudieron desplazarse fotografiaron sillas y las enviaron al ciberespacio. Tras 81 días desaparecido, Ai fue trasladado a su casa, donde permaneció en arresto domiciliario, acusado de evasión de impuestos. La directora estadounidense Alison Klayman y el director danés Andreas Johnsen grabaron sendos documentales, titulados Ai Weiwei: Never Sorry y The Fake Case, ampliamente difundidos y premiados en todo tipo de festivales de cine independiente. El propio Ai documentó artísticamente su arresto en la obra S.A.C.R.E.D., una instalación a modo de dioramas en la que reproduce literalmente varias etapas de su cautiverio, durante el cual fue permanentemente observado a corta distancia por sus guardianes mientras comía, dormía o iba al baño.

La obra de Ai es tan sencilla que tiene una profundidad abrumadora. No está basada en una propuesta estética coordinada y en serie, sino que tiene un concepto, y su evolución se entreteje con el devenir histórico del arte y de la vida, que no es poco. En octubre de 2010, Ai inauguró en el Turbine Hall de la Tate Modern una gran instalación, titulada Sunflower Seeds. Sólo los primeros visitantes afortunados pudieron pisar las pipas (de exacta apariencia, pero talladas en porcelana) que sembraban el inmenso suelo de cemento, antes de que el acceso quedara cerrado al público debido a supuestos efluvios perniciosos. Caminar sobre las pipas formaba parte de la obra, al igual que la obsesiva y delirante fabricación de los malditos 100 millones de pipas. La obra no es la impresión que supone ver tantas pipas, ni siquiera el abismal contraste entre la altura del techo de turbinas y la horizontalidad de la instalación; la obra es la bulimia que impregna nuestro tiempo, son las condiciones laborales de quienes fabrican todas las frusilerías inútiles que fluyen como dura droga por las venas yonkis del consumo; la obra son todas las obras que no pudimos tocar (ni susurrar siquiera en su presencia) porque se han convertido en fetiches, en un mundo en el que, a pesar de sobrar comida, muchos pasan (y mueren) de hambre; la obra es el absurdo del antes, del ahora, del después. La obra es compleja, conceptualmente; inexplicable, como el contradictorio ser humano.

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Todo el asunto de las pipas es muy mediático porque, posiblemente, el Hall de las Turbinas sea el espacio de exhibición de arte contemporáneo más importante del mundo. Esto significa que Ai ya no es sólo respetado por los expertos y los coleccionistas, sino que su persona es también un personaje. Sus acciones tienen una repercusión, como quien dice. Es decir, que detener a Ai Weiwei y hacer con él lo que les dé la gana, es un desafío, una exhibición de poder.

Por todos los medios

Ai empezó como pintor. Dibujaba y dibujaba. Tuvo un anciano maestro que no le permitía corregir sus fallos; éstos se quedaban en el papel como recuerdo de sí mismos. Para practicar le gustaba ir a la estación de tren y al zoo porque sus modelos eran los anónimos viajeros, y los animales. Su madre se deshizo de la mayoría de aquellos dibujos tempranos porque, por aquel entonces, ser un artista no era prestigioso en China. Al principio, copiaba el estilo de Cézanne y también de Munch en sus pinturas. Después, cuando estudiaba en Nueva York, tuvo que olvidarse de las técnicas y valores aprendidos y empezar de cero: en el Nueva York de los años 80, una habilidad excelente para dibujar no cualificaba inmediatamente a una persona como artista. Considera que sus primeros dibujos fueron un aprendizaje para contener el mundo en la sencillez del trazo, lo cual le parecía divertido. «A mis profesores les encantaban mis dibujos porque era muy bueno. Pero esto te puede hacer indulgente; si ves los dibujos de Picasso o Matisse, percibes que seguían haciéndolos porque lo hacían tan bien… No me gusta esa sensación, así que cuando me sentí seguro intenté evitarlos y escapé». Las últimas pinturas que hizo, ya en América, como despedida de los viejos tiempos, fueron tres retratos de Mao. «Los hice en un corto periodo de tiempo y abandoné la pintura», dice.

Comenzó a dibujar de otra manera. Desde finales de los 80, se dedicó a tomar miles de fotos, casi siempre en blanco y negro, pero no las reveló hasta pasados diez años, ya en Pekín. Para él la fotografía es como dibujar. Hace fotos todos los días en un ejercicio en el que intervienen la visión y la mente, las manos, no. También considera que «hacer fotos es como respirar; termina formando parte de ti». Mucho más tarde, alrededor del año 2006, aterrizó en la blogosfera. Allí colgó 70.000 fotos, por lo menos 100 cada día, para ser compartidas por miles de internautas –su blog ha sido visitado por unos 4 millones. «Internet es algo maravilloso; gente que no me conoce puede ver exactamente lo que he estado haciendo…». El blog también le ofreció la oportunidad de la escritura, la más importante de las actividades humanas,en su opinión. «Me encanta escribir», dice. Cree que para las personas es importante «ejercitarlo y poner en claro lo que quieres decir realmente». Hace cientos de entrevistas cada año sobre arte, diseño, arquitectura, comentarios sociopolíticos y perspectiva crítica, y muchas las cuelga en el blog. El comisario y crítico de arte más famoso del mundo, Hans Ulrich Obrist, dice que el blog de Ai Weiwei también puede ser considerado una escultura social, en el sentido que le daría Joseph Beuys. Ai piensa que

«en la era digital, la realidad virtual es parte de la realidad, y se vuelve cada vez más influyente en nuestra vida cotidiana. Todas las actividades y obras de arte deberían ser sociales. Incluso hoy en día, es inevitable que el arte sea social y político».

Cuando volvió a China, después de 12 años, encontró que algunas cosas habían cambiado y otras no. Por ejemplo, el centro de la ciudad era más bonito y había menos rigidez en la economía, con cierta apertura para la libre empresa, pero todavía existía una gran presión sobre la ideología. Lo que no había cambiado era el Partido Comunista que todavía asesinaba, censuraba y no permitía la libertad de expresión, como cuando se marchó.

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Weiwei empezó a trabajar en tres libros: The Black Book (1994), White (1995) y Grey (1997), considerados ahora de culto. Le interesaba la promoción de una base conceptual para el arte, en vez de que fuera sólo lienzo o materialidad. Cree que el arte necesita manifiestos, su parte más excitante, le parece, porque implica posicionarse y asumir riesgos. Obligó a los artistas a que escribieran sus conceptos, a explicar lo que había detrás de su actividad. También quiso introducir en China a Duchamp, Koons y Warhol, y a algunos artistas conceptuales y sus escritos esenciales. En realidad, fue el comienzo de su trabajo como comisario. En 1997, creó el China Art Archives and Warehouse, el primer espacio alternativo para el arte contemporáneo en China. Hasta entonces, el arte se vendía en el hall de los hoteles, y las tiendas de enmarcado eran para los turistas y las embajadas extranjeras.

Arquitectura à la Wittgenstein

En 1999, quiso establecer su propio estudio. Buscó un terreno, le preguntó al dueño si sería posible construir allí su casa y, aunque era ilegal, el tipo accedió. «Así que alquilé el terreno, hice unos dibujos, sin pensar en la arquitectura, sólo usando mediciones puras para el volumen y las proporciones, decidí las ventanas, la puerta y, seis días después, la casa-estudio estaba terminada, y me mudé». Por toda China se estaba empezando a construir muchísimo, sobre todo grandes edificios comerciales, y llamó mucho la atención que Weiwei osara y fuera capaz de construir de otra manera, con recursos tan limitados, por un precio tan bajo, así que la gente empezó a hacerle encargos, incluso grandes proyectos corporativos.

«No tienes que ser un arquitecto para construir. En los estudios académicos falta el sentido común, la experiencia cotidiana».

A su estudio de diseño lo llamó FAKE Design (en chino se pronuncia ‘fuck’) y, hasta el año 2007, llevó a cabo alrededor de 50 proyectos de todo tipo, desde planificación urbana a diseño interior, de los cuales se hicieron realidad un 90%, lo que significa que ha construido más que muchos arquitectos en toda su vida. Pero lo de la arquitectura no fue un acto consciente. Sí recuerda dos momentos seminales: el descubrimiento de Frank Lloyd Wright, arquitecto del museo Guggenheim de Nueva York, «y esa belleza que odiábamos porque ninguna pintura podía ser colgada allí», aunque ahora esa inutilidad le resulte interesante; y la sorpresa de un libro sobre Wittgenstein, quien, a pesar de no ser arquitecto, construyó en Viena una casa para su hermana.

La arquitectura es importante en cada era porque es un ejemplo físico sobre quiénes somos o cómo nos vemos a nosotros mismos. A Weiwei le enamoró, por su relación con la política y con la realidad, y le gusta pensar que comisariar arquitectura es una forma de producir realidad. Para él, la teoría de la arquitectura difiere de la práctica de la arquitectura, y las dos visiones han de equilibrarse, trabajando sobre localizaciones reales, problemas reales y necesidades que incluyan condiciones no deseadas como la velocidad del desarrollo acelerado o la arquitectura de bajo coste. Se trata de una arquitectura tosca, de borrador, lejos de la utopía.

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Pero cuando la práctica de la arquitectura le llevó demasiado lejos de su expresión personal y demasiado cerca del establishment, del cual siempre había intentado alejarse, anunció que no pretendía continuar con ella. Sin embargo, un promotor le pidió ayuda para construir una ciudad en Mongolia porque le parecía que él era el hombre apropiado para conseguir que las cosas sucedieran. El artista le propuso no hacerlo él mismo, sino actuar como comisario de un proyecto enorme, en el que se propuso involucrar al mayor número de arquitectos posible, venidos de todas las partes del mundo, retándoles a poner en práctica sus ideas, con problemas reales. Jacques Herzog le facilitó una lista con 100 nombres y a todos les pareció bien la propuesta. La idea de colaboración siempre ha estado presente en el pensamiento de Ai Weiwei, no sólo en el sentido de producción técnica, sino también de intercambio de experiencias, de flujo de energía.

Su estilo de vida

El estilo de Ai no se reconoce de inmediato. Puede parecer difícil reconciliar una pieza de mobiliario reconstruido como Two joining tables (2005), con la porcelana brillante de Watermelon (2006) o la secuencia de fotografías en blanco y negro de Seven frames (1994). La unidad está en el núcleo esencial: el significado y la intención de la obra, la idea de impulso para el cambio. Aunque sus obras también comparten cualidades de aura y presencia por los seductores materiales, texturas y acabados que utiliza: la piedra, la madera, la porcelana, el cristal, incluso las perlas. Toda la riqueza local que China puede ofrecerle, también en el sentido de antigüedad, tradición  y pátina. Pero el objeto de su arte no es homenajear el pasado o la herencia cultural, sino cuestionarse el valor de todo y subvertir la noción de cultura, e incluso el rol y la forma del arte. Sus obras son, por eso, heterogéneas y, por supuesto, controvertidas.

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El 17 de septiembre de 2015, Weiwei organizó un paseo solidario en Londres junto al también artista Anish Kapoor, clamando por respuestas humanas por encima de las cáusticas preguntas políticas contra los miles de refugiados que, huyendo de la guerra y la escasez, pretenden llegar a Europa. «El problema de los refugiados viene de muy lejos, es la historia de la humanidad. De alguna manera, todos somos refugiados o lo hemos sido en algún lugar, en alguna época». Los artistas definieron como acto mínimo su paseo, un acto creativo en homenaje al talento de aquellos que lo dejan todo y emprenden un viaje incierto y peligroso con sus familias, porque no pueden soportar la resignación.

Como no podía ser de otra manera, lo que él llama su estilo de vida, ha quedado impactado por el drama del éxodo, y al mundo del arte, tantas veces ajeno a la vida cotidiana, no le ha quedado más remedio que darse por enterado: en febrero de 2016, envolvió las columnas neoclásicas del frontal del Konzerthaus de Berlín con una miríada naranja de 14.000 chalecos salvavidas, abandonados por los refugiados en las costas griegas tras completar su incierta travesía y, unos días antes, había cubierto con mantas térmicas su instalación itinerante Zodiac Heads, una serie de esculturas de bronce, expuestas en las calles de Praga. Pero su posicionamiento artístico más espontáneo fue cerrar una exposición de su obra en la Fundación Faurshou de Copenhague, como acto personal de protesta contra la decisión política danesa de confiscar pertenencias a los refugiados que lleguen al país.

En la historia del arte

Art Review es una de las revistas de referencia en el mundo del arte y elabora cada año, desde el año 2002, una lista denominada Power 100, en la que califica la influencia de las 100 personas más poderosas del arte. La lista es en sí misma una exhibición de poder, una forma de sintetizar en una abstracción muy concreta lo que los retratos de reyes, papas y demás significaron en su época. Por eso en la lista hay muy pocos artistas, tan pocos que es alucinante. El caso es que Ai Weiwei fue incluido en la lista en el puesto 71, en el año 2006 y, en el 2010, había escalado posiciones hasta el puesto 15; en 2011, el año de su arresto, conquistó el número 1. «Muy pocos artistas alcanzan el estatus de celebridad», sentencian en la presentación que hacen de él en Art Review, insinuando que algunos en el mundo del arte ponen en duda que las obras vayan a sobrevivir al personaje. Sin embargo, «muchos directores de museo, comisarios y amantes del arte le consideran un icono de lo que el buen arte puede aportar al mundo».

Lo que diferencia a los artistas que están en la historia del arte de los que no, es la promoción y relevancia de su persona y su obra. Por supuesto, ser un artista es una dedicación, actitud y expresión personal (o colectiva) pero, para pasar a la historia, se necesita el reconocimiento de otros, influir en otros, sean otros artistas o espectadores y, sobre todo, deslumbrar y/o irritar al poder de su tiempo. En la Bienal de Yinchuan, que abrió sus puertas el 9 de septiembre de 2016 en la ciudad china, el único artista que ha sido censurado, entre los 100 creadores internacionales en exhibición, ha sido Ai Weiwei. Por lo general, el poder no le da la más mínima importancia a las repercusiones del arte en la sociedad, por dos razones: la primera es que, al permitir la crítica artística parece que se permitiera la crítica sociopolítica, en general, y la libertad de expresión, en particular; la segunda es que no suele tener ninguna repercusión. «Vetar a un sólo artista por la única razón de que defiende los derechos humanos y la libertad de expresión muestra que nos encontramos en un mundo dividido, segregado por ideologías y que el arte se utiliza meramente como un elemento decorativo en la agenda política de ciertas sociedades», ha declarado Weiwei. Sin embargo, que sólo se le censure a él da, precisamente, la medida de su importancia. Karen Smith ha afirmado que la influencia de Ai Weiwei en su esfera cultural y estética es equivalente a la que ejerció Marcel Duchamp en la suya. Las intervenciones artísticas de Weiwei definen un momento tan lúcido como el que supuso un urinario en las manos del jurado del Salón.

 

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