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El gobernador del Banco Central chino, Zhou Xiaochuan, declaró a principios de 2016 que, en su país, se están pensando seriamente abandonar el papel moneda y echarse en brazos del dinero digital. Pero su idea es mucho menos revolucionaria de lo que parece. El sistema monetario actual ya es una hibridación de dinero físico y electrónico, de hecho, las finanzas evolucionan exclusivamente en bits y la apreciación o depreciación del valor del dinero no está sujeta a ningún patrón, como antes lo estuvo con respecto al oro. Por lo general, a los ciudadanos no les queda más remedio que asistir perplejos a los cisnes negros bursátiles, crisis economicas, inflaciones, déficits e ingenierías financieras mientras su contribución laboral y fiscal es obligatoria, no sólo para su propia subsistencia sino tambien para la de los estados.

Uno de los principales instrumentos de control estatal es, precisamente, la gestión del dinero en exclusiva, aunque esto sólo sea una media verdad, puesto que los bancos privados también pueden crear dinero. Se supone que el fenómeno conocido como fintech está causando cierto revuelo en la banca tradicional, pero la auténtica disrupción llega por parte de las criptomonedas tipo Bitcoin. La tecnología criptográfica en la que se basan propone distribuir la creación y el control monetario entre pares, sin que sea necesaria autoridad ni jerarquía alguna, lo que supone un reto para todos los bancos intermediarios y demás interesados, sean públicos o privados: la robustez del sistema queda garantizada precisamente por la horizontalidad de la red. De repente, el emisor no es nadie o es cualquiera. El dinero digital puede ser intrínseco a su tecnología, y por eso es tan interesante especular lo que esto significa para la economía política del futuro.

Del trueque al papel moneda

Para comprender las alternativas para el dinero del futuro es imprescindible comprender la historia del dinero. La ortodoxia dice que, en el principio, fue el trueque, un método de intercambio totalmente eficiente para los cazadores-recolectores. Como suelen ser autosuficientes y no tienen una mentalidad de posesión de la tierra ni comercio de las cosas, reparten lo cazado o recolectado entre todos porque, sencillamente, se trata de un tipo de economía del regalo en la que la gente intercambia una cosa por otra, por ejemplo, una pieza de caza por flechas. Cuando los grupos humanos se asentaron en un lugar más o menos estable, desarrollaron la agricultura y empezaron a acumular excedentes de alimentos y cosas; al cambiar el tipo de sociedad, la idea de posesión y trueque también cambió. Según Adam Smith, es entonces cuando se inventa el dinero, para facilitar y hacer más eficiente el intercambio, al tratarse de un medio capaz de garantizar las transacciones de todas las mercancías. Las monedas de metales preciosos cumplían las características necesarias para convertirse en depósitos de valor y las numerosas guerras fomentaron políticamente el uso de estas fichas con la cara estampada de los reyes, porque los soldados las usaban para comerciar en tierras y conquistas lejanas.

Las monedas, por tanto, pueden considerarse un tipo muy especial de mercancía pero, más tarde, se empezó a usar papel moneda, que ya no tiene valor en sí: sólo es una representación o simulación del valor. Aunque habitualmente asociamos el papel moneda con los estados, solía ser emitido por ricos mercaderes y bancos como promesas de pago que, al final, terminaban circulando comercialmente. Sólo cuando las élites políticas y financieras se aliaron para crear bancos centrales, durante la Revolución Industrial, se centralizó la emisión de papel moneda por parte de los estados.

El valor del dinero

El dinero es un constructo social y político que otorga el derecho a reclamar un valor, es decir, obtiene todo su valor de las cosas que te permite conseguir. El reclamo de valor puede tener una forma física, como las monedas y billetes, o estar en un sistema de contabilidad, en el que un nombre es asociado a un determinado valor en una base de datos o registros. Actualmente, el estado controla la circulación de monedas y billetes, mientras que los bancos controlan la contabilidad de las cuentas bancarias, las cuales son, a día de hoy, obviamente, digitales.

El as en la manga que guardan los bancos es que no sólo registran el dinero de los depositantes sino que pueden crear dinero. A esto se le llama creación crediticia de dinero o sistema bancario de reservas fraccionadas. Cuando un usuario pide un crédito, el banco crea ese dinero de la nada en vez de prestarle dinero que ya existe en las cuentas de los ahorradores. Esto significa que, en realidad, no se puede separar a los bancos del dinero electrónico digital pues este consiste en unidades registradas en los centros de datos de los bancos, ni más ni menos. Tales registros tienen poder porque el sistema legal, social y político les confiere realidad, aunque, desde hace tiempo, el dinero se haya desmaterializado y hecho ficticio, al haberse convertido en escurridizos bits.

La privatización del dinero

En resumen, la base monetaria actual no es nada diversa: el dinero es emitido por los bancos centrales y, por su parte, los bancos comerciales también crean dinero, bajo supervisión pública, al conceder créditos. En este contexto, cuando las startups hablan del ‘futuro del dinero’ en realidad se refieren a ‘cómo vamos a interactuar con las bases de datos de los bancos de manera novedosa…’, lo que equivale a inventarse nuevas interfaces o apps para el móvil, sea con contraseña o reconocimiento de iris, o lo que sea, lo cual puede ser muy práctico y parece novedoso pero no deja de ser superficial.

Pero con el actual estado de cosas en el mundo digital, se hace posible la incursión de nuevos actores en el ecosistema monetario que ofrezcan nuevas opciones y una mayor diversidad. En definitiva, dinero privado emitido por empresas, instituciones o individuos. En su estudio de los años 90 para el think tank londinense Center for the Study of Financial Innovation (CSFI), Edward de Bono concluyó que, si bajaran los costes de la emisión de dinero, a las empresas les compensaría económicamente, en vez de usar acciones. Dijo también que intuía que

«llegará el momento en que los sucesores de Bill Gates pongan fuera del negocio a los suscesores de Alan Greenspan».

Algunos economistas están convencidos de que los bancos centrales están destinados a desaparecer. Que si no sustituyen el dinero en efectivo con su propio dinero electrónico equivalente, lo único que les quedará por hacer será supervisar la privatización monetaria. Las empresas podrán imprimir dinero que servirá para intercambiarlo por sus productos y servicios, pero también por otras monedas privadas. Obviamente, para que funcione apropiadamente, la empresa tiene que equilibrar la oferta y la demanda con el propósito de que la inflación no destruya el valor de su dinero, productos y servicios . Los más optimistas creen que tal liberalización permitirá que se desarrollen negocios financieros alternativos, impulsándose la innovación en el sistema de pagos, mejorándose la inclusión financiera y, en definitiva, que el sistema financiero sea más estable y justo. Los más pesimistas saben que, tal y como ocurre con la disrupción en otros sectores, serán las grandes tecnológicas y demás gigantes corporativos los que acapararán la prometida diversidad.

Autonomía o control financiero

Puede parecer complicado que existan un montón de monedas de todo tipo, y con diferentes valores, circulando por ahí, pero no lo es, una vez que se comprende que todo es digital y que los algoritmos pueden encargarse de eso perfectamente. Sin emabrgo, lo que hay que tener en cuenta para entender la revolución que viene es que, para los grandes bancos, el formato digital es sólo una forma de entrelazar sus poderosos tentáculos para continuar haciendo los negocios que han hecho siempre. No parece importarles que circule la idea de que «pronto todo el dinero será digital y los bancos ya no serán necesarios», como si ellos fueran meros intermediarios que mueven depósitos, créditos y pagos entre usuarios. Ya sabemos que, en realidad, los bancos invierten los depósitos de los ahorradores en arcanas operaciones: les prestan dinero a otros bancos, instituciones financieras, grandes corporaciones e inmobiliarias, provocando efectos sistémicos. Así que, para impulsar la disrupción en esta creación híbrida entre los estados y los bancos comerciales que es el sistema monetario, lo que hay que hacer es revolucionar el código fuente del sistema, y no sólo la interfaz.

Si se amplían los emisores de dinero y se hacen más heterogénos, pueden participar en el juego agentes que beneficien el desarrollo local, impulsando la actividad económica. Por ejemplo, en el barrio de Brixton, en Londres, circula la Brixton Pound, cuyo uso está limitado a los negocios locales, como forma de limitar el poder deslocalizador y extractivo de las monedas centrales. En los sistemas de crédito mutuo tipo Sardex, los pequeños negocios se alían para otorgarse créditos los unos a los otros. Todo el mundo empieza de cero en el sistema y entra en deuda u otorga crédito a corto plazo, recibiendo o dando bienes y servicios. Además de eficiencia económica, estas iniciativas también encarnan unos valores determinados.

Por su parte, las criptomonedas cambian la dinámica de poder en cuanto a quién controla la contabilidad. El sistema de pagos bancarios consiste en que un número limitado de bancos controla el acceso a sus bases privadas donde guardan las puntuaciones sobre tu dinero. Pero en el sistema bitcoin, por ejemplo, una cantidad ilimitada de pares guardan una base de datos pública en formato blockchain, que se utiliza para certificar tus fichas digitales. Al proponer un sistema descentralizado y autónomo, en realidad las criptomonedas son justo la némesis de la idea que le ronda por la cabeza a Zhou Xiaochuan, el gobernador del banco central chino, quien piensa principalmente en la seguridad y el orden social que le garantiza el absoluto control de las transacciones. Por cierto, Xiaochuan calcula que el proceso de transición entre el dinero en efectivo y el electrónico sólo durará diez años.


Referencias:

  • Who will invent the money of tomorrow? Dave Birch. howwegottonext. 29-3-2016
  • En The future of money depends on busting fairy tales about its past. Brett Scott. howwegettonext.com 30-3-2016
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