Por Christel Penella de Silva

La red ARPANET, diseñada por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos a finales de los años 60, y que fue el origen de la Internet que conocemos, no fue el único intento de desarrollo de una red de redes. Por la misma época, tanto en la URSS como en el Chile de Salvador Allende, se hicieron sendos esfuerzos por implementar una conexión estatal de ordenadores al servicio de la producción y la economía. Pero no es por casualidad que todas aquellas internotopías estuvieran basadas en las ideas de sistematización y control que inspiraba la cibernética.

La cibernética, esa idea con vocación paradigmática, conceptualizada por el matemático norteamericano Norbert Wiener a finales de los años 40, tuvo una gran aceptación en la Unión Soviética. A los ideólogos del régimen les parecía apropiada la visión controladora y materialista que proponía. En 1961, el Consejo Cibernético soviético, integrado en la Academia de Ciencias, publicó un libro titulado La cibernética al servicio del comunismo, en el que se exponían las ventajas que podría aportar, junto con la incipiente computación, a campos tan dispares como el transporte, la producción industrial, la medicina o la propia economía, descrita como ‘complejo sistema cibernético que incorpora una gran cantidad de bucles de control interconectados’. Los cibernetistas proponían optimizar el funcionamiento de tal sistema, implementando centros de computación regionales para registrar, procesar y redistribuir datos económicos destinados a la planificación y gestión eficientes. Y una vez que todos los centros se conectaran en red a escala nacional, emergería ‘un único sistema de control automatizado de la economía’. La alianza de cibernética y computadoras podría ser aplicada ampliamente en procesos de producción industrial, construcción, transporte, investigación científica, contabilidad y gestión. De hecho, la cibernetica llegó a estar incluida en el Programa Oficial del Partido, entre las ciencias consideradas como fundamentales para la construcción de las bases técnicas y materiales del comunismo. Por aquel entonces, la prensa soviética, alegremente, denominaba máquinas comunistas a los ordenadores.

Redes con propósito militar

Los americanos se llevaron las manos a la cabeza cuando leyeron el citado libro, porque eran conscientes de que el país que implementara una red de información unificada tendría capacidad de liderar el mundo. Se temían que, para los soviéticos, la implementación fuese relativamente fácil, gracias a su sistema totalitario. La CIA dedicó todo un departamento a analizar la amenaza cibernética de la URSS.

Por su parte, los militares soviéticos estaban preocupados por el sistema americano de defensa aéreo llamado SAGE o Semi-Automatic Ground Environment, una red nacional de radares computerizada, capaz de coordinar la defensa contra un ataque aéreo masivo, y decidieron crear sus propios sistemas de defensa basados en redes de computación: uno de defensa aérea, uno antimisiles y un programa de vigilancia espacial.

El Instituto de Investigación Científica Nº 101 fue creado específicamente para copiar el sistema SAGE. Allí desarrollaron un ordenador basado en transistores, el TETIVA, y construyeron  una red de ordenadores situados estratégicamente en centros de control. El Instituto para la Mecánica de Precisión y Computación Tecnológica desarrolló una red de defensa antimisiles, con varias computadoras especializadas en control remoto de radares. Y el sistema de vigilancia espacial, totalmente automatizado, fue implementado por el Instituto de Máquinas por Control Electrónico, para rastrear satélites espía desde una base en Moscú. Este Instituto dependía del Consejo Económico de Investigación Estatal y, más tarde, del Comité de Planificación Estatal, y también coordinó el desarrollo de ordenadores para procesar datos económicos.

La gran zancada propuesta por Kitov

El ingeniero militar Anatolii Kitov, director del Centro de Computación nº1 del Ministerio de Defensa, coautor del primer artículo publicado en la URSS sobre cibernética, y autor del primer libro soviético sobre computación digital, le escribió, en 1959, una carta a Kruschev, instándole a sustituir los métodos de gestión manual por sistemas automatizados de computación electrónica. Proponía instalar ordenadores en las fábricas y en las agencias gubernamentales, con la intención de conectarlos en red, para crear un sistema automatizado de gestión de la economía nacional. Sin duda, le parecía la mejor manera de optimizar los dos pilares económicos del sistema socialista: la economía planificada y el control centralizado. De hecho, soñaba con una gran zancada para el desarrollo del país, hasta el punto de atreverse a predecir la completa victoria del socialismo sobre su rival capitalista.

Cuando Krushev llegó al poder, el sistema de gestión económica centralizado de Stalin se había convertido en un problema y, a finales de los años 50, el gobierno decidió promover una descentralización, basada en un sistema de consejos económicos regionales, a cargo de la gestión de la producción. Pero los consejos, en vez de reducir la burocracia e impulsar la iniciativa local, empeoraron el estancamiento y, para intentar solucionarlo, se crearon órganos intermedios, los cuales, a su vez, dependían del Consejo Económico Supremo. Por hacer un resumen, la burocracia se triplicó. A principios de los años 60, la producción industrial estaba en alarmante desaceleración.

Por otra parte, Stalin había desvinculado las matemáticas de la planificación económica porque le parecían sospechosas ideológicamente. Pero Krushev restauró su honorabilidad, animado por el entusiasmo de los cibernetistas, muchos de ellos ingenieros o científicos. La cibernética estaba considerada como una ciencia honesta y objetiva; y la simulación por ordenador parecía, por fin, un sistema universal decente para la resolución de problemas.

Las ambiciones de los cibernetistas soviéticos iban más lejos que las expuestas por Norbert Wiener en su famoso libro Cibernética o que las del Grupo Cibernético americano. Para los soviéticos, no sólo se trataba de un enfoque conceptual sino que siempre lo pensaron unido a la computación y a su aplicación efectiva en el mundo real. La economía matemática fue rebautizada como economía cibernética y aspiró a convertir la economía soviética en un sistema funcional óptimo, controlado mediante la gestión de los flujos de información. En apenas diez años, el interés por la economía matemática floreció hasta el punto de que, en 1967, el Consejo Cibernético estaba coordinando investigaciones sobre cómo aplicar métodos cibernéticos a la economía en más de 500 instituciones. Paralelamente, se estaban haciendo progresos en computación militar ya que, tal y como ocurrió en EEUU, los primeros ordenadores soviéticos fueron desarrollados para la industria bélica, con su mentalidad de comando-control.

Kitov se alió con el director del Consejo Cibernético, el matemático Aleksey Lyapunov, para presentar conjuntamente una propuesta de creación de ‘una red unificada de control estatal de centros para el procesamiento de la información’. Su idea era que la red, situada en bases subterráneas secretas, a prueba de bombas, solapase los usos militares y civiles. Pero su propuesta fue rechazada hasta el punto de que Kitov mismo fue expulsado de la dirección del Centro de Computación, del Partido Comunista e incluso de la carrera militar. Él diría más tarde que los altos cargos sintieron la amenza que suponía para el status quo la incuestionable eficiencia de la red.

Libertad o control: la ambigüedad de la tecnología

El ingeniero de comunicaciones Aleksandr Kharkevich propuso, en el año 1962, una red de computación nacional inspirada también por el modelo SAGE. Proponía digitalizar las comunicaciones telefónicas, telegráficas, de radio y televisión para poder transmitir todas las señales a través de una red de computación y transporte de datos unificada. Se imaginó un archivo de información central automatizado, que daría respuesta a todo requerimiento realizado desde cualquier terminal conectada a la red.

A los líderes sí les gustó la idea de que los problemas económicos pudieran ser resueltos mejorando los flujos de información y las técnicas de gestión pero, obviamente, no les interesaba en absoluto una reforma radical. En 1962, Krushev autorizó a que se tomaran prestadas de Occidente técnicas de gestión racionales. De hecho, le parecía que a ellos les sería más fácil implementarlas que a los capitalistas.

“En esta era, la era del átomo, la electrónica, la cibernética, la automatización y las cadenas de montaje, lo que se necesita es claridad, coordinación y organización de todos las intersecciones del sistema social, tanto en la producción material como en la vida espiritual.”

La versión de Kruschev ponía deliberadamente mucho más énfasis en las posibilidades de control que en la comunicación distribuida. Sin embargo, Norbert Wiener pensaba justo lo contrario, a saber, que una teoría social cibernética jugaría un papel liberalizador, al romper las jerarquías de control vertical y eliminar las barreras para la comunicación libre, alentando interacciones entre las distintas capas de la sociedad, basadas en el equilibrio y la retroalimentación.

Los usos de las redes quedan definidos por los usuarios porque el diseño, modificación y resistencia dependen de sus intereses y propósitos. Es por eso que las redes pueden fomentar la centralización o la descentralización, pueden promover el flujo informativo o la apropiación de datos, pueden utilizarse como intrumento reformista o para perpetuar la omnipresencia del poder.

Primera computopía de Glushkov

El director del Instituto Cibernético de Kiev, Viktor Glushkov, estaba al tanto de las ideas de Kitov y presentó, en 1962, su propia propuesta de sistema automatizado en red para la gestión económica. Su idea gustó en las altas esferas, y Glushkov fue nombrado presidente del Consejo Científico para Tecnología de la Computación y los Sistemas de Gestión Automatizada. En 1963, el Partido Comunista tomó deliberadamente la decisión de acelerar la introducción de ordenadores en la planificación de la economía nacional. Se instalaron centros de computación e institutos de investigación en la mayoría de agencias gubernamentales. Ese mismo año, Glushkov visitó 100 organizaciones con la intención de estudiar sus flujos informativos y métodos de gestión. Su boceto de diseño de red incluía cientos de centros en las principales ciudades, a modo de nodos regionales, a su vez conectados mediante canales de banda ancha con otros miles de centros más pequeños, situados en agencias gobierno y grandes instituciones; un exhaustivo banco de datos sería accesible desde cualquier terminal en la red.

Glushkov proponía en su boceto, una idea que está de plena actualidad: eliminar el papel moneda. Ya que todo el trabajo, la producción y el comercio iban a quedar monitorizados por la red, la economía podía evolucionar hacia un sistema basado exclusivamente en pagos electrónicos. Estaba convencido de que su idea complacería a Krushev, porque la eliminación del papel moneda evocaba el ideal marxista de una sociedad comunista libre de dinero. Pero algunos altos cargos le advirtieron de que, en realidad, la idea era muy controvertida, y le obligaron a eliminarla de su propuesta.

Glushkov buscó el apoyo de Nikolai Fedorenko, director del Instituto Central de Economía Matemática, y publicaron una propuesta conjunta en la que decenas de miles de centros de computación local registraban la información primaria, algunos centros de nivel medio la archivaban, y el gobierno gestionaba directamente un único centro de control de la red, que procesaba toda la información económica disponible como un todo. Les parecía que su red de control jerárquico estaba aportando las bases para una toma de decisiones óptima, a escala nacional. Pero sus pretensiones de rediseñar el modelo burocrático, mediante la organización pormenorizada del trabajo de cada día de cada burócrata, no fueron bien recibidas. Por una parte, los burócratas y los industriales temían que se pusiera en entredicho su manifiesta ineficiencia y se redujera su poder, basado en el control de la información. La red amenazaba incluso con prescindir de sus funciones. Por otra, los reformadores más liberales vieron que la propuesta de mayor control centralizado iba en detrimento de las pequeñas unidades económicas. Ellos deseaban introducir ciertas ventajas de la economía de mercado, como la descentralización y los incentivos. Glushkov se defendió diciendo que lo que se iba a centralizar sólo era la estrategia global, permitiendo que el sistema computerizado promoviera incentivos de casi mercado a las unidades individuales, gracias a la computación de modelos y predicciones. Desde luego, a él le parecía un sistema más eficiente incluso que el laissez faire de la economía de mercado occidental.

Glushkov calculó que implementar su idea costaría por lo menos 20 000 millones de rublos durante 15 años. Era consciente de que iba a ser más complejo y difícil de llevar a cabo que la suma del programa espacial y el nuclear. Pero estaba seguro de que, al final de su plan de 15 años, su computopía iba a provisionar la economía soviética con 100 000 millones de rublos. Tanto en el Este como en el Oeste, la idea de Glushkov estaba siendo criticada así, como computopía... Aun así, se llegaron a implementar sistemas de gestión de la información en cientos de centros, aunque no estaban conectados por ninguna red. Los sueños de Glushkov perdieron fuelle cuando Breznev sustituyó a Krushev. Hasta que, a finales de los años 60, los americanos consiguen conectar ARPANET.

OGAS o segunda computopía de Glushkov

Cuando los líderes soviéticos se enteraron del desarrollo de ARPANET, Glushkov aprovechó la oportunidad para presentar una nueva propuesta, todavía más ambiciosa: el OGAS o Sistema de Gestión Nacional para el registro y Procesamiento de Información en Contabilidad, Planificación y Gestión de la Economía. Pensaba seriamente que, si no se llevaba a cabo una automatización seria de la gestión económica, a medidados de los años 80, todos los adultos del país iban a quedar convertidos en burócratas. Para frenar cualquier atisbo de polémica, insistió en que no era la economía lo que su sistema iba a controlar sino los flujos de información económicos. No quería presentar OGAS como una súper agencia, para que no pareciese que iba en detrimento del sistema en curso; sólo era un sistema de gestión económica y cada ministerio podría seguir controlando su propio sector.

Pero a Glushkov, incapaz de domar su imaginación, le parecía que su proyecto podía ser también político, y no sólo científico o técnico. Además de datos, el sistema tendría que ser capaz de registrar también ideas y propuestas innovadoras de las personas. Pero como estaba resignado a que los cambios sólo se hacían desde arriba, prefirió aparcar sus sueños reformistas y puso todo su empeño en convencer a los líderes de las ventajs de OGAS. En el 44 Congreso del Partido, en 1971, se llegó a dar luz verde a OGAS, aunque muy pronto los jerifaltes cayeron en la cuenta de sus implicaciones políticas y de la amenaza que suponía para el equilibrio de poder. Algunos lo despreciaron de nuevo como tecnotopía, muchos intelectuales liberales empezaron a temer el fantasma de un sistema de vigilancia omnipresente, y los economistas se desesperaban porque sabían que no se trataba de procesar grandes cantidades de información sino, precisamente, de reducir la cantidad de información necesaria para la toma de decisiones.

Modelos de implantación verticales o transversales

Mientras tanto, los miliateres habían puesto al día sus tres redes de defensa, desarrollando un sistema antimisiles en red para proteger Moscú, un sistema de alerta inminente y un sistema de control automatizado para la Fuerza de Misiles Estratégicos, a nivel nacional. Pero debido al estricto alto secreto militar, la economía soviética no podía aprovecharse de las innovaciones en ese campo. En ese sentido, el enfoque norteamericano fue mucho más permeable y flexible. Además, en la URSS, la industria militar se había dedicado a desarrollar computadoras especializadas: cada armamento era controlado por un ordenador a medida, hasta el punto de que, en la industria bélica, llegaron a coexistir hasta 300 ordenadores diferentes. Esto era absurdamente poco eficiente para la computación generalista que tan bien se adapta al enjambre y necesidades corporativas.

En los 60, tanto en EEUU como en la URSS, las tecnologías de la computación se convirtieron en instrumentos políticos que cada súper potencia creyó poder adaptar a su interpretación del mundo. Sin embargo, llama la atención el hecho de que la Red americana haya sido el resultado de subsidio estatal y paternalismo benevolente, mientras que la soviética fue víctima de la la indecisión de los burócratas y la pugna entre varios proyectos en competencia. El gobierno americano decidió financiar generosamente toda una serie de inciativas basadas en la computación, entre ellas ARPANET, la protointernet, primera red basada en el intercambio de paquetes, implementada desde el Departamento de Defensa. Al contrario que el gobierno soviético, e incluso que el británico, el americano sí permitió la transferencia de la nueva tecnología desde el sector militar al civil, facilitando el acceso libre e incentivando nuevos desarrollos. El gobierno británico, por ejemplo, había decidido no invertir dinero en un sistema pionero de red basada en paquetes, porque no fue capaz de visionar las posibilidades comerciales de las redes. Las empresas americanas supieron aprovechar al vuelo las oportunidades que les brindó su gobierno con la transformación del ordenador en máquina corporativa primero, personal después, para terminar triunfando como dispositivo de comunicación distribuida en red.

Para los líderes soviéticos, la red de información unificada formaba parte de sus ambiciosos planes de reforma económica, y el fracaso de su implementación no puede desvincularse de la decadencia política y social de la URSS. Siguiendo la misma tendencia que su industria militar, cada ministerio decidió implementar una red, peferiblemente incompatible con las demás, para asegurarse el control y propiedad de la información sensible. Los burócratas convirtieron el concepto inicial de red nacional en un laberinto de bancos de datos aislados, como náufragos en un archipiélago de islas incomunicadas. En los 70, se desarrollaron redes exclusivas para la aviación civil, la predicción meteorológica, la banca y la investigación académica, pero la mayoría colapsaron con la caída de la URSS. En los 90, emergieron nuevas redes tipo Internet, claro, pero no fueron creadas por el gobierno sino por empresas comerciales.

La red chilena Cybersin

A principios de los años 70, el cibernetista británico Stafford Beer fue contratado por el gobierno de Salvador Allende para diseñar un sistema nacional de gestión económica centralizada. El programa político de Allende incluía la nacionalización de muchas industrias clave para la economía del país y la participación de los trabajadores chilenos en los procesos de planificación. Al recién estrenado gobierno le urgía poner en marcha su visión y coordinar la nueva estructura de producción industrial, de cuya gestión se encargaba la Corporación para el Fomento de la Producción en Chile, CORFO, dirigida por el ingeniero Fernando Flores. Flores estaba muy familiarizado con el trabajo de Beer, tanto a nivel teórico como práctico, puesto que conocía sus ideas desde la universidad e incluso había colaborado profesionalmente con SIGMA, la empresa de consultoría estratégica del británico.

Stafford Beer estaba especializado en cibernética orientada a la gestión corporativa. Había empezado su carrera en United Steel, en 1956, donde terminó dirigiendo su propio Departamento de Gestión Operativa y Cibernética, desde un edificio apropiadamente llamado Cybor House, en el que fue instalado el primer ordenador dedicado a la gestión, en Gran Bretaña. El trabajó teórico de Beer se centró en el desarrollo de un modelo de sistema autónomo o viable (MSV), que definió como ‘aquél que está organizado de tal manera, que es capaz de sobrevivir en un entorno cambiante’, es decir, su principal característica era su capacidad de adaptación.

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Comando en la Opsroom del proyecto Cybersin

 

Cuando, en 1971, Beer presentó su proyecto ante el médico Allende, lo definió como ‘un sistema nervioso’ analógico/electrónico y el presidente comprendió inmediatemente de que se trataba de ‘un cerebro para la industria’. El proyecto recibió el nombre de Cybersin o sinergia cibernética, aunque también era conocido como SYNCO o sistema de control. Constaba de varios desarrollos: una red, un software, un centro de control  y un modelo de participación ciudadana. La red de comunicaciones, Cybernet, consistía en la conexión de líneas telex con las principales fábricas del país, para enviar desde cada una, diariamente, los datos económicos y de producción. El software que se desarrolló para el procesamiento de los datos, Cyberstride, funcionaba en un IBM 360 y generaba un informe con datos agregados. El centro de control se ubicó en ECOM (Empresa de Computación e Informática de Chile) y a la sala de operaciones interactiva se le dio el nombre de Opsroom. Según palabras del propio Beer, quien documentó su experiencia chilena en el libro Platform for change, la Opsroom, diseñada por Gui Bonsiepe, parecía “el escenario de una película ci-fi.” En las paredes de la estancia hexagonal, se habían dispuesto unas pantallas denominadas FUTURO, en las que se proyectaba un informe a partir de los datos proporcionados por el sistema. Desde allí, se tomaban las decisiones pertinentes sobre el rumbo de la economía, gracias a la predicción computerizada a corto plazo del simulador DINAMO.

Cybersin y su red Cybernet fueron útiles cuando la CIA promovió una huelga de comerciantes, en octubre de 1972. El gobierno pudo localizar los camiones que no se habían sumado a la huelga y garantizar así el abastecimiento de la capital. Sin embargo, cuando el presidente visita la Opsroom en diciembre de ese año, se pone de manifiesto que todavía no funciona como debiera -tal y como ocurre con su gobierno- aunque alienta al equipo a no darse por vencido. Uno de los ingenieros del proyecto describe el proceso como “demasiado tecnócrata y vertical,” a pesar de que la idea original pretendía otorgarle a cada empresa la máxima autonomía posible, dentro del sistema de planificación general. La burocratización desanima a Beer profundamente ya que él tenía muy claro que la ‘información es un recurso nacional’ y que la cuestión de la propiedad de los datos y los medios de registrarlos y procesarlos era un asunto político y no sólo técnico. Asunto que está de rabiosa actualidad, por cierto.

Modelo tecnológico de participación ciudadana

La cibernética nació como disciplina en los años 40 cuando se conceptualizó el hecho de que los sistemas mecánicos, sociales y biológicos, seguían los mismos esquemas de autorregulación. En su libro Cibernética, Norbert Wiener describió el comportamiento humano a partir de tecnologías como el radar o el termostato. Este último es uno de los artefactos cibernéticos estrella puesto que es capaz de hacer bien su trabajo (mantenimiento del equilibrio en la temperatura) a partir de muy poca información. Se conforma con comparar un dato objetivo, la temperatura ambiente, con un dato programado, la temperatura deseada, y encontrar el equilibrio entre las dos, produciendo frío o calor. La tendencia hacia el equilibrio que lleva a cabo el mecanismo regulador se conoce como homeostasis. Stafford Beer analizaba los procesos corporativos como homeostatos y, con el encargo de Cybersin, se propuso aplicarlo también a los gobiernos. Estaba convencido de que los datos y la distribución de dispositvos, también pueden cumplir una función social, aunque los críticos de la época lo despreciaran porque les parecía ‘un Gran Hermano socialista’. En el discurso de inauguración, Allende no dudó en admirar la naturaleza revolucionaria del proyecto, “no sólo por ser el primero que se realiza en el mundo,” dijo, “sino por ser un esfuerzo deliberado por darle a la gente el poder que la ciencia nos da, para que lo puedan usar libremente.”

Tras el golpe militar de septiembre de 1973, el avanzado proyecto de transferencia de información chileno paralelo a Internet, fue desmantelado y olvidado. Sus propósitos políticos habían volado tan alto, que se llegó a intentar el desarrollo de un modelo tecnológico de participación ciudadana, Cyberfolk, que pretendía conectar en red a los hogares con el gobierno, para que los chilenos pudieran participar activamente en la toma de decisiones, mostrando su acuerdo o desacuerdo con las decisiones políticas debatidas o aplicadas desde la Opsroom, en defintiva, un termostato de la opinión pública en tiempo real.

En la URSS, Viktor Glushkov, mientras trabajaba en su proyecto de red OGAS, también se había imaginado una utópica Cybertonia. Pero la mayoría de cibernetistas soviéticos se conformaban con pensar la red como aspiración tecnocrática para la reforma económica. La cibernética les inspiró en su visión de un sistema orgánico auto regulado, capaz de provocar el cambio socioeconómico y empoderar la iniciativa de los individuos pero, en sintonía con su sistema de mundo, sólo se les ocurrió instaurarlo por decreto.


Christel Penella de Silva es autora del libro La Red y la Luna (The Net and Moon Press, 2015) y dirige varios proyectos editoriales, entre ellos tintank y Franz Miniediciones, una editorial dedicada el relato contemporáneo en libros hechos a mano.

Referencias:

  1. Norbert Wiener: Cybernetics or control and communication in the animal and the machine, Cambridge, MA: MIT University Press, 1961
  2. ‘InterNyet: why the Soviet Union did not build a nationwide computer network’, de Slava Gerovitch, en History and Technology, Vol. 24, Nº4, diciembre 2008
  3. ‘Technology: beyond the InterNyet’, de Michael D. Gordin en Nature 532, abril de 2016
  4. Benjamin Peters: How not to network a nation, the uneasy history of the Soviet Internet, Cambridge, MA: The MIT Press, 2016
  5. Eden Medina: Revolucionarios cibernéticos. Tecnología y política en el Chile de Salvador Allende, Santiago de Chile: LOM Press, 2013

 

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