El turismo es una de las estrategias que la sociedad de consumo pone a disposición de sus zombis para disimular la ansiedad de la no vida, en referencia a la ausencia abrumadora de emoción, experiencia y relación. Esta idea suena contrarian e incluso melancólica, porque hoy en día hacer turismo está bien visto, por ser un tema amable de conversación, así como también se considera de buen gusto coleccionar turicromos.

Aun así, algo aburre ya la homogeneidad del típico viaje y, si no, que se lo cuenten a los fundadores de Airbnb, cuyo impacto en la industria hotelera no ha hecho más que empezar. Brian Chesky y sus colegas se han aprovechado del hastío que supone llegar siempre a un dejá vu. Los aeropuertos, los hoteles, los centros comerciales, los museos… son casi todos iguales. Y eso que la verdadera ambición del turista es consumir diferencia. Ya se sabe, lo pintoresco y, a ser posible, lo exótico.

Brian Chesky y su colega, inflaron un par de colchonetas en el salón de su casa para acoger a los rezagados de la Conferencia Internacional de Diseño que se celebraba en un San Francisco que tenía colgado en todos los hoteles el cartel de ‘completo’. Llamaron a su idea, con buen humor y picardía, Air Bed and Breakfast. Pero lo que conectó con la gente fue más la experiencia que la originalidad. “La clave está en la experiencia,” confiesan. Al principio se posicionaron como oferta de aojamiento asequible pero, desde muy pronto, su killer app fue la sensación.

«Nadie viaja a los sitios para estar en un hotel o en una casa; lo que la gente busca es una experiencia memorable».

La foto que ilustra este post fue tomada en Lisboa. Parece pintoresca, desde luego, pero no lo es en absoluto. Los elementos que se aprecian en ella son sólo atrezzo. Va en serio. Han sido colocados allí para seducir y embaucar al turista que pulula parapetado tras su cámara. Si alguna vez leíste el famoso texto de Hakim Bey titulado Superando el turismo, intentarás disimular como sea tu soledad, por un lado, y la ridiculez, por otro. A algunos el turismo les importa un bledo pero, si a ti te gusta, ni se te ocurra leer a Hakim Bey. Además, Bey es un anarquista ontológico y un sufí…

Lo que viene a decir es que, en realidad, el verdadero lugar del turista no es el lugar de lo exótico, sino el no lugar. Éste fue definido como ‘espacio de anonimato’ por el antropólogo Marc Augé. Se trata de aquel lugar de situaciones inestables y tránsito ininterrumpido, donde los encuentros son anónimos, casuales y furtivos. Es un espacio de confluencia, rabiosamente contemporáneo, ya que no existía en el pasado, no existía un lugar que no pudiera definirse en términos de identidad, o de relación o de memoria histórica. Pero, para Hakim Bey, el no lugar es un espacio utópico, un intersticio y un entremedio que ocupa el espacio del viaje en sí mismo. «Nada toca realmente al turista», escribió, porque cada uno de sus actos está mediado por una cámara o artefacto.

«Nada orgánico penetra este caparazón insectoide, esa armadura de mediación pura, que sirve al mismo tiempo como crítico protector y mandíbula predadora, capturando velozamente imágenes, imágenes, imágenes. En su punto más extremo esta mediación toma la forma del tour guiado, donde cada imagen es interpretada por un experto licenciado, un Guía de los Muertos, un Virgilio virtual en el Infierno de la falta de significado -un funcionario menor del Discurso Central y su metafísica de la apropiación-, un alcahuete de éxtasis sin carne».

El turismo es una invención del siglo XIX porque, en los viejos tiempos, el turismo no existía. Obviamente, a nadie se le ocurriría catalogar como turistas a los gitanos, los caldereros, los tuaregs, nómadas en general, marineros, exploradores, soldados. Bey opina que las raíces del turismo sólo pueden buscarse en los tres motivos que inspiraban al viajero de antaño, a saber, el comercio, la guerra o el peregrinaje. Aunque, aparentemente, el turista podría pensarse como pergrino, resulta obvio que, en la práctica, el turismo carece de la iniciación o transformación que afectan al romero y tampoco se trata de comercio, en el sentido de intercambio, aunque, por supuesto que hay una compra, una transacción. Según Augé, el usuario, al relacionarse con y en los no lugares, se inscribe siempre en una relación contractual. Aunque lo que finalmente consume el turista es aburrimiento y repetición, lo que ansía comprar es diferencia cultural, para apropiársela y, después, hacer ostentación. Para Bey, es en la guerra y en los pillajes después de la batalla, donde se origina el turismo, aunque ahora el botín lo compongan imágenes, imágenes, imágenes. El turista busca esa cultura que ha sido engullida por el espectáculo y regurgitada como centro comercial y show televisivo «porque nuestra educación sólo es una preparación para una vida de trabajo y consumo».

Coda

El turista no tiene presencia material, de ahí que no necesite que la puerta cruja, el pájaro trine y la flor esté fresca. Él viaja a través de un paisaje mitológico, una abstracción publicitaria de la Naturaleza y de la Cultura, coleccionando imágenes, imágenes, imágenes, en lugar de experiencia. Los no lugares simbólicos de la condición humana actual y futura, representan la antropología de la solitaria ultramodernidad. Enclaves anónimos para seres anónimos.

 

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