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En el cambio radical de paradigma que se produjo desde la idea del autor como mito hasta la supuesta muerte del autor, lo que en realidad murió fue el mito del autor, pero no el autor. El autor es ahora diferente, está más cerca, es más humano; ha sido redefinido y, quizá, lo tiene más difícil que nunca… Todavía se escuchan algunos cantos de sirenas posmodernas que vociferan que  “la posición del sujeto en el pensamiento se hace insostenible” o que el papel que desempeña el individuo se reduce sin remisión, una vez que la información prolifera y se difunde con tanta rapidez.

Foucault dijo que podíamos imaginarnos fácilmente una cultura en la que el discurso circulara sin ninguna necesidad de autor… No cabe duda de que el autor es un asunto controvertido. También es un asunto interesado y, por supuesto, económico. Los derechos de autor son una fuente de ingresos sustanciosa para los intermediarios culturales –aunque no tanto para la gran mayoría de los autores– y la cultura se consume como si se tratara de pares de zapatos o teléfonos móviles. 

Transmutación de los valores para el archivo cultural

La idea del crítico de arte Boris Groys {Sobre lo nuevo. Ensayo de una economía cultural, Pre-Textos, 2005} es establecer una distinción entre economía cultural y economía de mercado, sin negar la existencia e importancia de ambas en relación a las obras culturales. Se trata de un análisis imprescindible para todos aquellos que pretendan participar como autores, artistas, editores o agentes culturales en la nueva economía del, así llamado, capitalismo cognitivo.

En la economía cultural se distinguirían dos espacios: el espacio profano o realidad, definido como todo lo existente más allá de la cultura, y el archivo cultural, definido como aquello que la memoria cultural considera valioso y digno de preservarse y revalorizarse de generación en generación.

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Grafiti. Banksy.

Para Groys, la innovación consiste en una transmutación de los valores desde el espacio profano a la memoria cultural. Se produce una tensión entre diversos estratos de valor. Según él, la pregunta por el autor carece de respuesta si su obra se sitúa en relación a lo profano, porque lo profano es indeterminado, está simplemente ahí fuera. Sólo cuando se considera la obra en el contexto de un archivo cultural finito, tiene sentido considerar al autor y sus estrategias: si practica una adaptación positiva o negativa a la tradición o una forma mixta, o si intenta poner en relación tradiciones diversas de un modo nuevo. El autor es, al mismo tiempo, agente de la tradición y de la innovación.

Todo intercambio innovador exige una decisión e incluye un riesgo ineludible: es el autor quien corre ese riesgo; también tiene lugar en una determinada situación, en la que el autor actúa como mediador. Si ese autor quiere proseguir una tradición cultural para ganarse sitio en ella, debe elegir su estrategia personal. Ningún autor puede tener una perspectiva completa ni puede controlar el correspondiente paso de la frontera entre lo valioso y lo profano. Toda estrategia cultural está inevitablemente amenazada: siempre es posible una interpretación más que cierre la frontera. Y el mismo autor sigue siendo siempre, a pesar de todos sus esfuerzos culturales, alguien bastante profano, que sólo en casos singulares y sólo limitadamente consigue la inmortalidad histórica en el archivo de la cultura. “Un autor está entregado a la lógica cultural-económica en el más absoluto desamparo,” afirma Groys.

A propósito de la expropiación del lenguaje

Por si la dificultad no fuera suficiente, las corrientes filosóficas postmarxistas de la última mitad del siglo XX  han ‘socializado’ al autor y también ‘matado’ al autor, no necesariamente por ese orden.

Todo el mundo recuerda la frase de Michel Foucault sobre la muerte del hombre como origen del pensamiento, la creatividad y la cultura. Para Heidegger, es el propio lenguaje el que habla, nunca un hablante concreto, a quien el lenguaje no le pertenece. El estrucutralismo clásico supuso que el lenguaje es infinito y no puede ser descrito por una determinada semántica finita. Tampoco aquello que el hablante tiene por pensamientos y opiniones propios son, según la teoría posmoderna, propiedad personal suya. Atendiendo a la crítica posmoderna, la individualidad soberana de la filosofía clásica no sólo no encuentra ninguna justificación teórica, sino que tampoco despierta simpatía moral alguna las utopías sociales radicales de los movimientos de masas ya se encargaron de dejar su impronta. La filosofía crítica quita a la razón, al espíritu y a la idea el status de valor de lo infinito, devaluándolos, y se lo concede al cuerpo, al deseo y al texto, revalorizándolos. En su lucha contra la autoría, que entiende como autoridad, el criticismo postestructuralista consuma una especie de socialización del lenguaje, del texto y del cuerpo. Expropia la propiedad privada de quien habla o escribe individual o singularmente.

El autor resucitado

Ahora nos parece ingenua y ridícula cualquier pretensión individual o social a la, así llamada, ‘verdad’. Pero ante la desolación del desierto de lo real, deseamos resucitar al hombre y defender al autor, no como dictador, no como mito, sino como individuo frágil e imprescindible.

Curiosamente, como la filosofía se había hecho tan ligüística, aunque el arte se vio afectado por ello y sufrió su propio giro textual en los 60, han sido precisamente los escritores quienes se han visto más afectados por el cambio de paradigma. El autor-artista ha conseguido no fragmentarse tanto como el autor-escritor; o, al menos, se ha fragmentado porque a él le ha dado la gana…  Por ejemplo, el artista que se hace llamar Banksy, es un transmutador callejero de valores, y ha hecho del desamparo una obra de arte: publica su obra en los muros de las ciudades, como si fuera un grafitero cualquiera y opina, descaradamente, que el copyright es para perdedores”.

 

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